Esta nueva Catedral (dentro de la Mezquita) será promovida por el obispo D. Iñigo Manrique, quien promueve la construcción de una nave con formulación arquitectónica Gótica y algunas modificaciones en los accesos, que también prosiguieron los prelados siguientes: Juan Rodríguez Fonseca 1499-1505. D. Juan Daza 1505-1510, D. Martín,1510-1516), en medio de la Mezquita se levantará una gran Catedral cristiana bajo los auspicios artísticos y arquitectónicos de los aires renacentistas; la gran Catedral ya supuso una ruptura grave para los postulados espaciales islámicos. No en vano la propuesta fue polémica y estuvo sujeta a duros enfrentamientos entre diferentes próceres (a favor y en contra).
El propio Concejo de la ciudad promulgó una circular impidiendo la participación en la nueva obra, estableciendo incluso pena de muerte a quien trabajara. Finalmente intercedió un emperador para que se realizara la obra, aunque más tarde se lamentara, como recogió J. B. Alderete, con la famosa frase habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes.
La obra se comenzó en 1523 por iniciativa del obispo D. Alonso Manrique (1518-1523, hijo del gran comendador de la Orden de Santiago), que supo atraer hacia Córdoba los principios planimétricos de las catedrales castellanas, pues había sido obispo de Badajoz y Salamanca. La Nueva Catedral de Córdoba estuvo al cargo del arquitecto Hernán Ruiz I, que aunque desarrolla sus primeras actuaciones bajo postulados góticos con ciertos arcaísmos, también es verdad que sentencia ya claramente los postulados del Renacimiento.
La formulación clasicista la sentenciará en la Nueva Catedral su hijo Hernán Ruiz II, el gran arquitecto de la saga de los Ruiz, que hará evolucionar el estilo y es el artífice de las mayores magnificencias de la nueva Catedral. También de muchas de las capillas y rejería. Después de cien años de obras la nueva Catedral será concluida con principios estéticos manieristas, como puede verse en la cúpula del crucero del maestro Juan de Ochoa, o esa formulación de bóveda de lunetos del Coro que sentencia los prolegómenos del arte barroco, donde los criterios estéticos ya van claramente por otros derroteros a los del Renacimiento (yeserías, luces y sombras, escenografías, etc.).
Tras una gran reforma , la Mezquita solamente recibirá aditamentos menores y complementos de liturgia. Puede decirse, a pesar de los avatares de la Historia, que la Mezquita pervive en su esencia islámica, con la singularidad de los elementos básicos. No obstante, más allá de la obcecación decimonónica por enaltecer lo islámico a ultranza, hay que reconocer que ya se trata de un híbrido arquitectónico magnífico que sintetiza a la perfección una buena parte de los valores artísticos de Oriente y Occidente. Es decir, la Mezquita-Catedral es hoy una extraordinaria síntesis de nuestra historia.
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